Antiguo Régimen


Antiguo Régimen (en francés: Ancien Régime) es el término que los revolucionarios franceses utilizaban para designar al sistema de gobierno anterior a la Revolución francesa de 1789-1799 (la monarquía absoluta de Luis XVI), y que se aplicó también al resto de las monarquías europeas cuyo régimen era similar. El término opuesto a este fue el de Nuevo Régimen (en España, Régimen liberal).

Puede aplicarse también como equivalente a una época que, prácticamente, coincidiría con lo que se conoce como Edad Moderna.

Aunque su utilización es contemporánea a la Revolución, la mayor responsabilidad de su fijación en el ámbito literario le pertenece a Alexis de Tocqueville, autor del ensayo El Antiguo Régimen y la Revolución.[1]​ En ese texto indica precisamente que «la Revolución francesa bautizó lo que abolía» («la Révolution française a baptisé ce qu'elle a aboli»); Tocqueville opuso confusamente este concepto al periodo medieval, oposición que se hizo común en la historiografía durante los siglos xix y primera mitad del xx, y que historiadores posteriores han discutido, especialmente François Furet.[2]

Desde el punto de vista de los reaccionarios enemigos de la revolución, el término Antiguo Régimen fue reivindicado con un punto de nostalgia, siguiendo el tópico literario del «paraíso perdido» (o el manriqueño «cualquiera tiempo pasado fue mejor»). Talleyrand dijo que «los que no conocieron el Antiguo Régimen nunca podrán saber lo que era la dulzura del vivir» («ceux qui n'ont pas connu l'Ancien Régime ne pourront jamais savoir ce qu'était la douceur de vivre»).[cita requerida]

La aplicación del término a las estructuras económicas y sociales se atribuye a Ernest Labrousse,[3]​ y fue difundido por la contemporánea escuela de Annales, con gran aceptación en España a través de hispanistas como Pierre Vilar o Bartolomé Bennassar. Su utilización con este sentido, que no era usual antes, se hizo habitual por los autores del tercer cuarto del siglo xx, como Antonio Domínguez Ortiz, Gonzalo Anes o Miguel Artola, que terminaron por fijar el concepto en la historiografía española. La aplicación del término a la historia de las instituciones españolas es muy anterior, pero parece que también se originó por influencia francesa, como es el caso de la obra del hispanista de finales del xix, Georges Desdevises du Dézert,[4]​ recogida por Antonio Rodríguez Villa en 1897.[5]

Desde el punto de vista del materialismo histórico, el Antiguo Régimen se puede definir como una formación socioeconómica, es decir, la combinación peculiar de modos de producción y relaciones sociales para un ámbito espaciotemporal más o menos amplio, que construye su adecuada superestructura política y que se justifica por su correspondiente ideología. En tal sentido son tres las características de una sociedad de Antiguo Régimen, a saber:


La Bastilla, fortaleza del rey en París usada como cárcel, era considerada como símbolo del Antiguo Régimen por sus enemigos, y su toma como el inicio de la Revolución que llevó al Nuevo Régimen (1789-1799). Sus escombros fueron objeto de un comercio parecido al que doscientos años más tarde tuvieron los del muro de Berlín.
Mapa de Europa, de Herman Moll (1703). Los colores utilizados por el cartógrafo no designan entidades políticas existentes, sino más bien el recuerdo de las antiguas divisiones geográficas de época romana (Galia, Italia, Germania), junto con otras que sí eran efectivas (Imperios turco y ruso, Confederación Helvética, Reinos de Portugal, Suecia o Polonia).
Recreación moderna que presenta las efectivas divisiones políticas después del Tratado de Westfalia (1648), que cierra la guerra de los Treinta Años con un nuevo equilibrio europeo sobre el naciente concepto de relaciones internacionales en pie de igualdad.
La reconciliación de Enrique III y Enrique de Navarra, por Rubens (1628). Un episodio de la guerra de los tres Enriques, que terminó ganando el de Navarra, futuro Enrique IV.
El mendigo, de Murillo. A pesar de individuos e instituciones caritativas que veían en el pobre una imagen de Jesucristo, el Antiguo Régimen asociaba la pobreza extrema y públicamente exhibida a todo género de vicios, tal como muestran la literatura picaresca genuinamente española y los arbitristas. No faltaron leyes destinadas a reprimir la mendicidad y proyectos de encerrar a los pobres en asilos, lejos de la visión del público, frustrados por el endémico déficit presupuestario de la monarquía española.[10]
Escultura ecuestre en bronce de Felipe IV, diseñada por Velázquez y esculpida por Pietro Tacca con asesoramiento científico de Galileo. El sábado 9 de abril de 1677, alguien colocó un pasquín en la Casa de la Panadería de la Plaza Mayor de Madrid, que decía: «¿A qué vino el señor don Juan?: A bajar el caballo y subir el pan». Se refería —además de a la inflación rampante— al valido Juan José de Austria, que había hecho trasladar la estatua desde la fachada de Palacio hasta el Buen Retiro. Hoy, la estatua puede verse en la Plaza de Oriente de Madrid.
La reina Cristina de Suecia, por Sébastien Bourdon (1653). Protagonizó un sonado episodio con su traslado a los Estados Papales después de su abdicación, donde fue acogida por el Papa, en previsión de un triunfo de la Contrarreforma en el norte de Europa que nunca se llegó a producir. La interpretación de su vida ha sido objeto de muchas especulaciones y, más que ser muestra de la condición común de la mujer en el Antiguo Régimen, lo es de excepcionalidad.
Pieter Brueghel el Joven: El censo de Belén o El pago del diezmo (1566), un tema religioso camuflado en una escena costumbrista, ambientada en el crudo invierno del norte de Europa.
Pieter Brueghel el Viejo, padre del anterior, nos pinta cómo Los segadores, en el verano, se confían a los ritmos anuales que repiten procesos de larga duración. La vida humana se somete a ellos con la misma fatalidad que al pago de los impuestos.
La Casa del Peso de Medina del Campo donde se guardaban los pesos y medidas oficiales para garantizar los intercambios comerciales en sus famosas ferias.
Barrière Saint-Martin, proyecto del visionario arquitecto Claude Nicolas Ledoux (1788). Las aduanas interiores, los pontazgos, registros y portazgos, como este, que controlaría el acceso de los productos a París en vísperas de la Revolución francesa, eran características del Antiguo Régimen.
Fray Martín de Vizcaya repartiendo pan a los pobres, de Francisco de Zurbarán (1639), Monasterio de Guadalupe. La sopa boba de los conventos justificaba socialmente tanto a estos como la forma de vida de pícaros y mendigos. Ninguno de esos grupos tendría cabida en una sociedad que respondiera al criterio burgués de la ética del trabajo.
Temeridad de Martincho en la plaza de Zaragoza, grabado de la serie Tauromaquia de Goya (1815).
Las distintas partes del territorio francés, más compacto que la Monarquía Católica pero igualmente difuso en cuestiones de soberanía.
El Imperio europeo de Carlos V fue la máxima expresión tanto de acumulación de poder como de diseminación territorial. En distintos colores, la herencia de su abuela materna, Isabel la Católica (azul), de su abuelo materno, Fernando el Católico (naranja), de su abuela paterna, María de Borgoña (morado), y de su abuelo paterno Maximiliano de Habsburgo (verde). El territorio de Milán no es heredado, sino conquistado en disputa con Francia, aunque teóricamente tributario del Sacro Imperio, que ha obtenido por elección. No hay que olvidar los territorios extraeuropeos que están en proceso de descubrimiento y conquista.
La ejecución de María Estuardo (1587), reina de Escocia.
Carlos I de Inglaterra, aquí magníficamente retratado con el máximo de decorum regio por Antón Van Dyck, fue decapitado en 1640, incapaz de crear una monarquía absoluta sobre una sociedad burguesa
Voltaire con Federico II en Sanssouci, por Adolph von Menzel (1850).