Bandolerismo


Un bandolero (también llamado bandido, encartado, brigante, facineroso, salteador de caminos, cuatrero, proscrito o forajido) era un ladrón armado que se dedicaba al contrabando, al abigeato y al secuestro. Por lo general, asaltaban a los viajeros en los caminos peligrosos de las montañas o en los bosques, lo que facilitaba su ocultación y dispersión. No solían actuar en solitario, sino organizados en cuadrillas. Su equivalente en el mar es la llamada piratería o bandolerismo marítimo.

El fenómeno del bandolerismo es universal y muy antiguo; se origina en regiones donde la miseria y la injusticia se han cebado especialmente con algunas personas, empobreciéndolas y arrojándolas en brazos del contrabando, el robo o el crimen, lo que generaba una forma más o menos colectiva de saqueo organizado que incluía también delitos como el asalto, el secuestro y la vendetta. Se trata del llamado bandolerismo social, definido por Eric Hobsbawn:

Otras veces eran militares mercenarios o desertores extranjeros que se dedicaban a vivir sobre el terreno hasta que encontraban un mejor acomodo; por ello se situaban en la tierra de nadie de la Reconquista española (véase Golfines) o se daban justificación engrosando las partidas guerrilleras del carlismo o de otra cualquier ideología recusada por el oficialismo. En la terminología del siglo XIX, se denominaba a este tipo de bandoleros con un gramo de ideología política latro-facciosos.

Los griegos conocieron a bandoleros como Esciro y Procusto. Una carta del historiador Asinio Polión dirigida a Cicerón desde Corduba (Epist., X, 31, 1) alude ya a Sierra Morena como una región plagada de bandoleros que interceptan el correo.[1]​ En el siglo I a. C. Octavio Augusto se enfrentó al bandolero cántabro Corocotta, y Tito Livio cuenta también cómo había numerosos salteadores de caminos que asediaban las caravanas mercantiles en la Bética (XXVIII, 22). En la península Itálica, un epigrama, el más antiguo de los dísticos atribuidos a Virgilio, informa sobre un salteador de caminos, Balista, que fue apedreado hasta la muerte[2]​ y, según narra Dion Casio, un tal Bulla Felix se adueñó del trayecto entre Roma y Brindisi en tiempos del emperador Septimio Severo, hacia el año 200 d. C., y llegó a reclutar una cuadrilla de hasta seiscientos bandoleros, manteniendo en jaque durante dos años a las tropas que los perseguían. De este personaje se cuentan golpes y latrocinios de gran audacia y numerosos asaltos a viajeros, de una forma tal que recuerda a la historia de bandoleros más modernos.


Bandolero andaluz arquetípico en una litografía de 1836
Asalto al coche, de Francisco de Goya.
Trabucos, armas habituales entre los bandoleros españoles del siglo XVIII.
Tumba de El Pernales y El Niño del Arahal en Alcaraz.