Fósil



Los fósiles[1]​ (del latín fosillis, que significa ‘excavado’) son los restos o señales de la actividad de organismos pretéritos.[2]​ Dichos restos, conservados en las rocas sedimentarias, pueden haber sufrido transformaciones en su composición (por diagénesis) o deformaciones (por metamorfismo dinámico) más o menos intensas. La ciencia que se ocupa del estudio de los fósiles es la paleontología. Dentro de la paleontología están la paleobiología, que estudia los organismos del pasado —entidades paleobiológicas, que conocemos solo por sus restos fósiles—, la biocronología, que estudia cuándo vivieron dichos organismos y la tafonomía, que se ocupa de los procesos de fosilización.

El vocablo fósil se deriva del verbo latino fodere, excavar, a través del sustantivo fossile, aquello que es excavado. A lo largo de toda la historia, y antes, en la prehistoria, el hombre ha encontrado fósiles, restos de seres vivos petrificados por los minerales con los que se hallaban en contacto. Fueron esos minerales los que sustituyeron o preservaron su forma externa.

El hombre primitivo les atribuía un significado mágico. Los autores de la Antigüedad clásica los habían observado y, en general, interpretado correctamente. El término fósil lo empleaba ya Plinio en el siglo I,[3][4]​ y su uso fue recuperado en el siglo XVI por Agricola, aludiendo a su carácter de cuerpo enterrado (como derivado de fossa) e incluía tanto los restos orgánicos como los cuerpos minerales integrados en los materiales de la corteza terrestre. Esta situación se mantuvo hasta principios del siglo pasado, si bien es verdad que los auténticos fósiles solían diferenciarse como fósiles organizados.

El geólogo británico Lyell definió a los fósiles como restos de organismos que vivieron en otras épocas y que actualmente están integrados en el seno de las rocas sedimentarias. Esta definición conserva su validez, aunque actualmente el término tiene una mayor amplitud, ya que se incluyen en el mismo las manifestaciones de la actividad de organismos como excrementos (coprolitos), restos de construcciones orgánicas, huellas de pisadas, impresiones de partes del cuerpo, dentelladas (icnofósiles), etc.

Existen regiones de la Tierra que son conocidas por su particular riqueza en fósiles; por ejemplo, las pizarras de Burgess Shale en la Columbia Británica de Canadá,[5]​ la caliza de Solnhofen o los estratos ricos en dinosaurios de la Patagonia.

En España, destacan Atapuerca y Las Hoyas. El primero es un rico yacimiento del Pleistoceno donde se han encontrado, entre otros, abundantes fósiles de homínidos. El segundo es conocido por la presencia de Iberomesornis.


Fósil de Charnia, el primer organismo complejo Precámbrico conocido; perteneciente a la biota del periodo Ediacárico.
Fósil de trilobites.
Fósil de ammonites.
Afloramiento con abundantes fósiles de gasterópodos y bivalvos (moldes internos), expuestos en la superficie del terreno por la erosión (reelaborados). Región de Puebla, México.
Tronco petrificado de Araucarioxylon arizonicum. Los materiales originales han sido sustituidos por otros minerales, sin perder la estructura.
Cruziana, icnogénero asociado a la interacción de los trilobites con un fondo marino sin consolidar (contramolde en la base de un estrato).
Microfósiles de sedimentos marinos.
Fósil de un insecto (Leptofoenus pittfieldae) conservado en ámbar.
Pseudofósil: dendritas de pirolusita. Crecimientos minerales que asemejan restos vegetales.
Muestra con hojas fósiles de Ginkgo biloba.
Molde en yeso de un Tarbosaurus en el Museo de Historia Natural de Westfalia (Münster, Alemania). El fósil original se encuentra en el Instituto Paleontológico de Moscú.
Concentración de artejos desarticulados de crinoideo (Isocrinus nicoleti).
Moldes externos de amonites.
Permian Silicified Sclerobionts.JPG
Tronco de árbol fosilizado en Igea, La Rioja (España).
Insectos en ámbar.
Fósil de un Oviraptor.