Fernand Léger


Fernand Léger (4 de febrero de 1881 - 17 de agosto de 1955) fue un destacado pintor cubista francés de la primera mitad del siglo XX. La principal colección de sus obras puede verse en el Museo nacional Fernand-Léger, localizado en Biot, en los Alpes Marítimos, un museo del Estado francés inaugurado en 1960. La pintura de Fernand Léger se caracterizó por la confluencia con aspectos arquitectónicos, prestando especial importancia a las relaciones entre figuras, líneas y colores. Además, su preferencia por la pintura mural le permitió introducir en sus obras otros factores.[1]

Nacido en Argentan, Normandía, en el seno de una familia campesina, quedó huérfano de padre antes de cumplir dos años. Recibió instrucción primero en la escuela de su pueblo natal y después en un instituto religioso de Tinchebray.

Entre 1897 y 1899 fue alumno de un arquitecto en Caen; en 1900 se traslada a París, donde trabajaba como dibujante de arquitectura, al tiempo que estudiaba en la Académie Julian. Tras cumplir su servicio militar (1902-1903), ingresó en la Escuela Nacional Superior de Artes Decorativas, al no conseguir plaza en la de Bellas Artes, donde, como alumno libre, recibió lecciones de Jean-Léon Gérôme y de Gabriel Ferrier. Visitó asiduamente el Museo del Louvre y, al igual que otros pintores de su generación, debió al impresionismo, iniciado en las galerías de la calle de Laffitte, la esencia de su formación artística.

En 1907, al igual que otros pintores parisinos, queda profundamente impresionado por la retrospectiva de Cézanne. En este mismo año entra en contacto con el primer cubismo de Picasso y Braque.

Desde los primeros momentos, el cubismo de Léger se orienta hacia el desarrollo de la iconografía de la máquina.

Desnudos en el bosque (1909-1910), inspirado posiblemente en el cuadro de Picasso de 1908 del mismo título, convierte el tema en una habitación llena de artefactos y robots, donde parece apartarse de la férrea doctrina de Cézanne de pintar a partir del cilindro y el cono; la sobriedad de los colores, unida a la actividad frenética de los robots, crea una atmósfera simbólica de un mundo nuevo y deshumanizado. En algunos aspectos es una anticipación del futurismo italiano.