Guerra franco-prusiana


La guerra franco-prusiana (en alemán: Deutsch-Französischer Krieg; en francés: Guerre franco-allemande) fue un conflicto bélico que se libró entre el 19 de julio de 1870 y el 10 de mayo de 1871 entre el Segundo Imperio francés (y después de la caída del régimen, por la Tercera República Francesa) y el Reino de Prusia (y posteriormente, Imperio alemán), con el apoyo de la Confederación Alemana del Norte y los reinos aliados de Baden, Baviera y Wurtemberg. El conflicto marcó el estallido de la tensión entre las dos potencias, que se acrecentó tras el fracaso del proyecto de Napoleón III de anexar Luxemburgo aunque el intento de anexión se solucionó pacíficamente con el Tratado de Londres (1867), fue un suceso que causó el final de una relación relativamente equilibrada con la Prusia de Otto von Bismarck. La tensión se hizo mayor debido a la creciente influencia, no tolerada por Francia, ejercida por los Estados alemanes en el sur del río Meno, y la dirección de Prusia ejercida dentro de la Confederación Alemana del Norte (estado creado en 1867 tras la victoria de Prusia en la guerra austro-prusiana).

La guerra franco-prusiana y la guerra de Crimea fueron los dos conflictos más importantes que se libraron en Europa después de las guerras napoleónicas y previo a la Primera Guerra Mundial. Terminó con la completa victoria de Prusia y sus aliados. La consecuencia más importante fue la creación del Imperio alemán, el cual mantuvo un papel muy influyente en las relaciones políticas internacionales de las décadas siguientes. La debacle francesa también trajo el fin del Segundo Imperio de Napoleón III y, con la caída de este, la subordinación temporal del papel de Francia en comparación con los otros poderes de las familias europeas. El fin de la segunda época imperial de Francia significó el inicio de la Tercera República Francesa, que —en tamaño e influencia— se convirtió en el régimen republicano más importante entre los que entonces existían en el continente.

La causa fundamental de la guerra es la ruptura del equilibrio de poder que se había establecido en Europa en el Congreso de Viena de 1815, tras el rotundo éxito obtenido por Prusia en la guerra contra Austria. Ocurrió, en efecto, que al final de la guerra, después de la decisiva victoria de Sadowa, Bismarck se apresuró a extender el control prusiano a la mayor parte del norte de Alemania, incluyendo el territorio de Schleswig-Holstein, Hannover, Hesse-Kassel, Nassau, y la ciudad de Fráncfort. Berlín estuvo a punto de conseguir el dominio de Sajonia, Hesse-Darmstadt, Mecklemburgo, los ducados de Turingia y las ciudades libres de Hamburgo, Lubeca y Bremen, bajo la influencia de Prusia en la Confederación Alemana del Norte. De hecho, si no estalló inmediatamente la guerra fue únicamente porque Bismarck deseaba hacer que creciera el sentimiento nacional alemán y Napoleón III necesitaba tiempo para completar la reforma modernizadora en el ejército.


Víctor Manuel II y Napoleón III en Milán, el 8 de junio de 1859
Leopoldo de Hohenzollern-Sigmaringen, el candidato al trono español vacante
Otto von Bismarck (con casco Pickelhaube), canciller de Prusia y autor del detonante de la guerra
El general Reille entrega a Guillermo I la carta de rendición de Napoleón III
El cuartel de las tropas en París, pintura de Anton Von Werner (1894)
El Imperio alemán, y Guillermo I como su káiser, es proclamado en el palacio de Versalles.