José María Carretero Novillo


José María Carretero Novillo (Montilla, 1887-Madrid, 1951) fue un escritor y periodista español más conocido por el seudónimo de "El Caballero Audaz" .

Estudió en el instituto de Cabra (Córdoba) y se trasladó a Madrid. Muy joven empezó a trabajar en el Heraldo de Madrid y en Nuevo Mundo del que pasados los años llegó a ser director. También colaboró, entre otras publicaciones, como redactor en Mundo Gráfico, pero donde más éxitos tuvo, alcanzando gran fama, fue en la revista La Esfera en la que popularizó el seudónimo de "El caballero audaz".

Gran corpachón, metro noventa de estatura y espadachín conocido por sus varios duelos. De vida azarosa, arrogante y beligerante fue maestro de la entrevista y del género interviú, defensor de que, además de las declaraciones del entrevistado interesa el perfil del propio personaje. Escritor de novelas folletinescas de fondo erótico, alcanzó en vida tiradas millonarias.

Ardiente propagandista de la facción nacional en la Guerra Civil, como periodista nos legó una serie de reportajes históricos de personajes y de sucesos de la Guerra Civil española de 1936, de la que fue protagonista en Madrid. Camuflado con barba y unas lentes ahumadas de los milicianos que le buscaban, organizó, en diciembre de 1936 y junto a otros amigos, un sistema que les permitió crear y difundir bulos y extender por Madrid el fantasma del derrotismo. Su campo de acción fue la calle de Alcalá, donde se estableció una especie de rastro apócrifo donde se vendía de todo, especialmente libros que lo mismo servían para ser leídos como para ser utilizados como materia combustible con la que poder cocinar.

Fue completamente olvidado tras su muerte, incluso en los ambientes profesionales y académicos. Al decir de Torrente Ballester en el prólogo a un libro de entrevistas, «su recuerdo nos hace volver la cara».[1]

El Caballero Audaz era un entrevistador incansable. El periodismo y la historia deben mucho a su técnica y contribución. Su maestría y profesionalidad objetiva era tan célebre que el entrevistado se abandonaba confiadamente a sus preguntas, logrando en aquellos tiempos turbulentos que prácticamente todos los personajes notables de su época le concedieran entrevistas sin reservas, de modo que asombran, casi cien años después, por su calidad y fiabilidad, constituyendo un material impresionante y vital para el estudio y compresión de aquellos tiempos poco propicios a la información de calle, cuando la entrevista y el reportaje no tenían una consideración y un ejercicio notable, siendo pocos sus practicantes y muchos sus detractores.