Manipulación del clima


La manipulación del clima es el acto de alterar el ambiente para producir cambios en el clima. Tiene como objetivo prevenir climas extremos y fenómenos naturales como huracanes o tornados; producir climas para el beneficio de los seres humanos, como lluvias en una zona de sequía; y provocar un desastre natural contra un enemigo o rival para estrategias tácticas, militares[1][2]​ y guerra económica como la Operación Popeye, donde se sembraron nubes para prolongar el monzón en Vietnam. La modificación del clima en la guerra ha sido prohibida por las Naciones Unidas en virtud de la Convención de Modificación Ambiental.

En muchas culturas ha habido prácticas mágicas y religiosas para manipular el clima. Por ejemplo, Algunos indios americanos tenían rituales que supuestamente podían invocar a la lluvia.[3]​ Además, en la mitología griega, Ifigenia fue ofrecida como sacrificio para apaciguar la ira de la diosa Artemisa, quien se había encargado de que la flota de los aqueos viajaran en la tranquilidad en el comienzo de la Guerra de Troya. En la Odisea de Homero, Eolo, Dios de los vientos, le regaló a Odiseo y a su flota los cuatro vientos en una bolsa. Sin embargo, mientras Odiseo dormía, los marineros abrieron la bolsa para buscar un botín, perdiendo así el curso por el vendaval resultante.[4]​ En la antigua Roma, el lapis manalis fue una piedra sagrada que se encontraba en las afueras de Roma, cerca a las murallas servianas, en el templo de Marte. Cuando Roma sufrió una fuerte sequía, la piedra fue arrastrada hacia la ciudad.[5]​ Las brujas de Berwick en Escocia fueron culpables de usar magia negra para invocar tormentas para asesinar al Rey Jacobo VI de Escocia cuando casi se hunde la nave sobre la cual viajaba.[6]​ Las Brujas de Escandinavia supuestamente vendían el viento en bolsas o lo guardaban en cajas de madera, estas bolsas de madera eran vendidas a los marineros quienes podían liberarlas cuando no había viento.[7]​ En varias aldeas de Navarra, le oraban a San Pedro para que lloviera en tiempos de sequía. Si no llovía, quitaban la estatua de San Pedro de la iglesia y la lanzaban al río.[5]