Orden


El orden es la propiedad que emerge en el momento en que varios sistemas abiertos, pero en origen aislados, llegan a interactuar por coincidencia en el espacio y el tiempo, produciendo, mediante sus interacciones naturales, una sinergia que ofrece como resultado una realimentación en el medio, de forma que los elementos usados como materia prima, dotan de capacidad de trabajo a otros sistemas en su estado de materia elaborada.[1]

La capacidad de algunos sistemas de recordar el pasado (de tener memoria), produce en ese sistema la capacidad de establecer un método organizado y coordinado para repetir el logro alcanzado por selección natural, y acelerar el objetivo a conseguir. En ese proceso, se paga un precio: la pérdida de su individualidad, mayor dependencia de nuevos elementos que pueden existir gracias a una economía más holgada, pero ganando en especialización. Bajo este enfoque, el orden es la organización de las partes para hacer algo funcional y preciso, lo cual implica la presencia de un cauce que establece una transacción de cargas con menor coste y por lo tanto con potencial de desarrollo a una psicodinámica emergente, dando la oportunidad al observador de imputar una finalidad intencional y, como puede deducirse, de una acción inteligente.

En el ámbito del orden social, el orden se remite a la forma en la cual las comunidades se organizan. Así, existen las sociedades jerárquicas, que se basan en una organización social rígida y piramidal, o en sus antípodas las sociedades anarquistas, cuyo orden es mucho más flexible y requiere, en consecuencia, fuertes valores de conducta, como el respeto por la libertad del otro, la igualdad y la responsabilidad por los actos propios. En las diferentes formas de organización social, los factores determinantes son la cultura y los fenómenos particulares que hacen a la naturaleza de cada una de ellas, y no necesariamente las leyes escritas, las cuales tan solo reflejan las leyes sociales creadas por la comunidad, o alguna de sus partes sociales.

En el ámbito de los sistemas dinámicos se identifica al ser humano como un sistema complejo que tiende a converger en estados coherentes, que se conoce como proceso de auto-organización, que podría ser definido como la emergencia y consolidación de un orden a partir de una coordinación espontánea de elementos de nivel inferior, en que las propiedades del sistema no se reducen a las propiedades de los sub-sistemas, pero las propiedades psíquicas del ser humano emergen en relación con la auto-organización, de los posibles patrones globales de actividad que pueden emerger - de la interacción de los sub-sistemas -, solo persistirán aquellos que conduzcan a una configuración estable del sistema. La repetición de esas pautas más válidas disponibles es la esencia de la auto-organización y a la vez contribuye a la constitución del atractor dinámico del sistema. Así el atractor puede ser pensado como una memoria persistente (Velasco, 1999).[2]