Pergamino


El pergamino (del latín tardío pergamīnum, y este del griego bizantino pergamēnḗ; literalmente ‘de Pérgamo’, porque en esta ciudad se preparaban las pieles para escribir) es un material hecho a partir de la piel de cordero o de otros animales, especialmente fabricado para poder escribir sobre él. La piel sigue un proceso de eliminación de la epidermis y la hipodermis, dejando solo la dermis,[1]​ y de estiramiento, al final del cual se consiguen las hojas con las que se elabora un libro, una filacteria o los rollos que se conocían de la Antigüedad.

El origen de su nombre es la ciudad de Pérgamo, donde se cree que existía una gran productividad de gran calidad, aunque realmente su existencia se remonta a una época anterior a la ciudad de Pérgamo.[2]​ En la actualidad se considera que entre los manuscritos más antiguos en pergamino que se conservan está el Rollo de Isaías o 1Qlsa (también llamado el Gran Rollo de Isaías), datado entre el año 150 y el 100 a. C.

Desde la Antigüedad se utilizó este material para escribir textos literarios y sagrados. Con anterioridad al pergamino se utilizaba el papiro que era un material más frágil e incómodo tanto para el copista como para el lector. El pergamino acabó sustituyendo al papiro por sus ventajas materiales, por ser un soporte más fácil de conseguir que el papiro, mucho más duradero[3]​ y de mejor calidad. Pérgamo se convirtió en la ciudad productora por excelencia, dando su nombre a este material. Los volúmenes de la Biblioteca de Pérgamo pasaron a copiarse en pergamino, en sustitución del papiro. Una leyenda sin fundamento histórico[4]​ cuenta que este cambio fue debido a que la ciudad de Alejandría, rival de la ciudad de Pérgamo en cuanto a construcción de bibliotecas y producción de textos, dejó de abastecer a Eumenes de material de papiro, material cuya distribución tenía monopolizada, pero lo cierto es que ya se venía utilizando el pergamino en Egipto desde el ii milenio a. C.,[1]​además de que también en estas regiones de Asia se cultivaba el papiro.

El papiro y el pergamino convivieron durante muchos años. En rollos de papiro siguieron copiándose los libros que fabricaban los talleres romanos, así como los documentos de archivo y las cartas, mientras que el pergamino se reservaba para obras de carácter subalterno o pequeñas composiciones literarias, como relata Marcial en sus Epigramas. El pergamino empezó a utilizarse para copiar libros de buena factura cuando se difundió el nuevo formato de codex o códice a partir del siglo iv de nuestra era.


Pergaminero alemán de siglo XVI.
Pergamino ilustrado custodiado en la Real Biblioteca de San Lorenzo, El Escorial, España.